viernes, 29 de octubre de 2010

UNA VIDA MARCADA POR EL AMOR

“El amor no calcula, se da”

El que sigue a Jesús deja huella y da fruto como El, tanto en vida como después de la muerte, pues su recuerdo anima, moviliza e impulsa a la acción. La vida de Fanny estuvo marcada por el amor, ese amor que se orientaba especialmente hacia los pobres y necesitados. Cuando alguien le tocaba la puerta con una receta en la mano, no le preocupaba pensar si era o no asistencialismo atender la necesidad urgente del hermano. Nunca despidió a nadie sin haberlo atendido: salir a comprar la medicina, velar el sueño de un enfermo en el hospital o atender el pedido de un estudiante sin recursos económicos. Hechos de los cuales guardaba gran reserva. Visitaba a los presos brindándoles todo tipo de apoyo.
Lo que siempre admiramos en ella fue su gran capacidad para combinar el acercamiento y trato personal cálido y lleno de ternura, que nos hacía sentirnos importantes y queridos, y a la vez saber ubicarnos como pueblo, como grupo. Nos recordaba que somos parte del pueblo y que juntos - tomando conciencia de nuestra situación y participando- debemos tener en lo personal y lo colectivo si queremos asegurar relaciones humanas profundas y fraternas.
El amor – que tuvo expresiones concretas en su vida personal, familiar, política, gremial- se alimentó de la fuente generadora de toda vida: Dios. Su esperanza en la llegada del Reino le hacía decir: “Llegará el día en que todo esto cambiará, trabajemos con fe”. Animada por esta esperanza, en su vida había convicción y alegría que sabía trasmitir a los demás.
En toda esta experiencia de vida, la Comunidad Cristiana tuvo un papel muy importante. Buscó compartir y confrontar en la comunidad su compromiso y su fe. Su sentido de Iglesia la llevó a compartir y buscar el encuentro con otros hermanos y otras comunidades con las que oraba y celebraba la Eucaristía.
En la historia de nuestra Iglesia y de nuestro pueblo hay vidas ejemplares, personas que asumen con valentía y autenticidad el llamado del Señor, respondiendo concretamente al tiempo que les tocó vivir. Testigos del Señor que van marcando nuestro camino.
“Seguir luchando día tras día. Realizar el trabajo con la idea de que éste sea algo duradero. Trabajar para que cuando no estemos los demás continúen”

Estuvo convencida de que la formación, el trabajo y la organización son fundamentales en la transformación de la sociedad.
Amaba el futuro de la gente, para lo cual preparaba el presente, sobre todo de aquellos marginados: los pobres, los campesinos, los habitantes de barrios marginales, los eventuales, los obreros, los que según expresión de Puebla, son los rostros de Cristo. Y por que los amaba, junto con la ayuda concreta para suavizar en parte su dolor, a la que unía la sonrisa y mano amiga, añadía la palabra oportuna para una toma de conciencia y el esfuerzo para su organización.

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