Como profesora supo darse a sus alumnas por entero, ya que a pesar de sus múltiples ocupaciones no faltaba a clases. Cuando se retrasaba por unos minutos, pedía disculpas. Sus clases eran claras, sencillas, con ejemplos de la realidad que vive la juventud. Demostró que la disciplina no es ejercer autoridad con castigos, amenazas o acogiéndose a un reglamento, sino que en el aula, en el patio rodeada familiarmente de sus alumnas su autoridad era un hecho moral.
Tuvo en cuenta el aspecto integral del alumno/a, preocupándose por los cambios de actitud y orientándolos hacia la práctica de valores.
Desde una perspectiva laical, enseñó a muchos a captar la realidad política y eclesial. A entrar en el tiempo peruano, su manera de mirar el mundo, su cultura. A percibir la realidad desde el punto de vista del pobre. A abrir el camino de la solidaridad: sufrir con los que sufren cuando los problemas no se pueden solucionar en el corto plazo.
Su clara y viva inteligencia le permitió una capacidad admirable de análisis y síntesis, con intervenciones oportunas para aclarar lo que se debatía.
Realizó una gran labor de difusión de la cultura, especialmente en los barrios marginales. Amiga directa de poetas y pintores; era una convencida de que el arte es un medio para tomar conciencia de la necesidad de transformar la sociedad.
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